En primer lugar me
gustaría destacar las nuevas formas comunicativas y relacionales que ha traído
consigo el desarrollo de internet y la expansión de las nuevas tecnologías. En
sus primeros años de apogeo, casi todos los perfiles profesionales y amplias
capas de las sociedades, vieron en este nuevo medio la posibilidad de una
plataforma global, instantánea, gratuita y ‘democratizadora’ en cuanto a las
posibilidades de la interacción que ofrece y las posibilidades de participación
que otorga a la tradicional audiencia.
Fueron tiempos felices para
aquellas personas que disponían de un ordenador y de conexión a internet.
Estos, unos pocos privilegiados al principio, descubrieron nuevas formas
comunicativas (correo electrónico, chats, etc.) y un número creciente de
páginas web en las que podían acceder a contenidos novedosos, originales y de
forma inmediata.
En el nuevo siglo, con la
progresiva expansión de las nuevas tecnologías
(motivada por el abaratamiento de los soportes tecnológicos), el acceso
a internet dejó de estar en manos de las élites tecnológicas (aquellas que
tuvieron el dinero suficiente para acceder desde el principio al nuevo medio
internet) y poco a poco se fue convirtiendo en un medio masivo. Este fue el
comienzo de un cambio trascendente: internet dejó de ser un medio mediado, de
acceso limitado y caro; y se convirtió en un medio que permitía a todos sus
usuarios participar. Dejó de seguir las pautas tradicionales de la comunicación
(emisor-mensaje-receptor) y permitió que el receptor se convirtiera en emisor y
el tradicional emisor en receptor.
Ante esta nueva realidad,
la respuesta ofrecida por las compañías que de alguna forma u otra querían
hacer negocio con la masificación de internet, fue la de permitir a los
usuarios crearse un perfil en diferentes redes sociales. Un especie de
autobiografía que cada cual iba completando a su antojo, de una forma casi
libre y en cierta media anárquica. Sin embargo, estas nuevas redes sociales se
fueron asentando y expandiendo. Capas de edades que hasta entonces habían
desconfiado de internet, accedieron a este medio y se crearon sus propias
cuentas en Facebook, Twitter, y toda suerte de redes sociales.
Parece que quién no
aparece en las redes sociales en internet no existe. Hoy en día es sumamente
extraña aquella persona que no cuenta con una sola red social. Es el aislado
del grupo. El diferente. Nos han creado la necesidad de comunicar y
comunicarnos constantemente. Quizás ya no haya posibilidad de revertir la
situación. Lo que sí parece claro es que estas nuevas posibilidades comunicativas
se han adaptado a nosotros o nosotros nos hemos sometido a ellas y que ya casi
todo tiene que ver con ellas, en el sentido de que muchos usuarios comparten
tanto lo bueno como lo malo; tanto lo real como lo proyectado, de aquello que
les sucede en su día a día.
¿Pero qué hace que un
usuario de una red social comparta con sus seguidores una fotografía de la
cotidianidad?
En primer lugar, la
necesidad de sentirse parte de una comunidad; en este caso, de internautas o
usuarios de redes sociales. En segundo lugar, podríamos hablar de una especie
de necesidad de autopromoción o de relato de su vida cotidiana (relacionado con
lo dicho antes en el sentido de que las redes sociales nos permiten escribir
nuestra propia biografía online). Es una forma de comunicar, de contar a una
masa conocida o no de internautas aquello que estamos haciendo y de generar
conversaciones con estos. Pudiera ser una forma de evitar el aislamiento o la
soledad de un sujeto con escasos contactos interpersonales. Por último, también
podríamos hablar de una forma de ostentación o de un comportamiento con un
componente presuntuoso de aquella persona que otorga a su cotidianidad una
relevancia que quiere hacer perdurar mediante el uso de las redes sociales.

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