domingo, 8 de noviembre de 2015

¿Por qué estamos dispuestos a subir o compartir fotos cotidianas a través de las redes sociales?

En primer lugar me gustaría destacar las nuevas formas comunicativas y relacionales que ha traído consigo el desarrollo de internet y la expansión de las nuevas tecnologías. En sus primeros años de apogeo, casi todos los perfiles profesionales y amplias capas de las sociedades, vieron en este nuevo medio la posibilidad de una plataforma global, instantánea, gratuita y ‘democratizadora’ en cuanto a las posibilidades de la interacción que ofrece y las posibilidades de participación que otorga a la tradicional audiencia.

Fueron tiempos felices para aquellas personas que disponían de un ordenador y de conexión a internet. Estos, unos pocos privilegiados al principio, descubrieron nuevas formas comunicativas (correo electrónico, chats, etc.) y un número creciente de páginas web en las que podían acceder a contenidos novedosos, originales y de forma inmediata.
En el nuevo siglo, con la progresiva expansión de las nuevas tecnologías  (motivada por el abaratamiento de los soportes tecnológicos), el acceso a internet dejó de estar en manos de las élites tecnológicas (aquellas que tuvieron el dinero suficiente para acceder desde el principio al nuevo medio internet) y poco a poco se fue convirtiendo en un medio masivo. Este fue el comienzo de un cambio trascendente: internet dejó de ser un medio mediado, de acceso limitado y caro; y se convirtió en un medio que permitía a todos sus usuarios participar. Dejó de seguir las pautas tradicionales de la comunicación (emisor-mensaje-receptor) y permitió que el receptor se convirtiera en emisor y el tradicional emisor en receptor.
Ante esta nueva realidad, la respuesta ofrecida por las compañías que de alguna forma u otra querían hacer negocio con la masificación de internet, fue la de permitir a los usuarios crearse un perfil en diferentes redes sociales. Un especie de autobiografía que cada cual iba completando a su antojo, de una forma casi libre y en cierta media anárquica. Sin embargo, estas nuevas redes sociales se fueron asentando y expandiendo. Capas de edades que hasta entonces habían desconfiado de internet, accedieron a este medio y se crearon sus propias cuentas en Facebook, Twitter, y toda suerte de redes sociales.
Parece que quién no aparece en las redes sociales en internet no existe. Hoy en día es sumamente extraña aquella persona que no cuenta con una sola red social. Es el aislado del grupo. El diferente. Nos han creado la necesidad de comunicar y comunicarnos constantemente. Quizás ya no haya posibilidad de revertir la situación. Lo que sí parece claro es que estas nuevas posibilidades comunicativas se han adaptado a nosotros o nosotros nos hemos sometido a ellas y que ya casi todo tiene que ver con ellas, en el sentido de que muchos usuarios comparten tanto lo bueno como lo malo; tanto lo real como lo proyectado, de aquello que les sucede en su día a día.

      ¿Pero qué hace que un usuario de una red social comparta con sus seguidores una fotografía de la cotidianidad?
En primer lugar, la necesidad de sentirse parte de una comunidad; en este caso, de internautas o usuarios de redes sociales. En segundo lugar, podríamos hablar de una especie de necesidad de autopromoción o de relato de su vida cotidiana (relacionado con lo dicho antes en el sentido de que las redes sociales nos permiten escribir nuestra propia biografía online). Es una forma de comunicar, de contar a una masa conocida o no de internautas aquello que estamos haciendo y de generar conversaciones con estos. Pudiera ser una forma de evitar el aislamiento o la soledad de un sujeto con escasos contactos interpersonales. Por último, también podríamos hablar de una forma de ostentación o de un comportamiento con un componente presuntuoso de aquella persona que otorga a su cotidianidad una relevancia que quiere hacer perdurar mediante el uso de las redes sociales.  

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