Documental
sobre el protagonismo de la televisión en la Transición española
La Transición a la democracia en España ha sido un
fenómeno tratado con demasiada benevolencia por muchas generaciones, sobre
todo, por aquellas que no nacieron en tiempos de plena y verdadera democracia.
Quien escribe recuerda con nostalgia y cariño las palabras de sus mayores, para
quienes la Democracia comenzó con el gobierno de Felipe González en 1982. Todo
aquello que transcurrió entre la muerte del dictador (noviembre de 1975) y la
victoria socialista de 1982 es Transición, una democracia con minúsculas, con
miedo. Todo se puede resumir en: olvido para los represaliados, perdón para los
represores.
‘Las
lágrimas del presidente’ es un documental en la línea discursiva imperante en
nuestro país. La élite política, los medios de comunicación, los estratos mejor
posicionados de la sociedad han auspiciado este período de nuestra historia. Y
en parte tienen razón. Superamos una dictadura casposa y retrógrada y la
remplazamos por un sistema constitucional donde impera el estado de derecho.
Evitamos la polarización social y política que nos condujo a la fratricida
guerra que avergonzará a muchas pretéritas generaciones de españoles. Fuera de
aquí, todo es criticable, mejorable, digno de una revisión y reescritura
histórica.
Considero
que las futuras generaciones verán la Transición como el mal menor. Y España ha
tomado demasiadas veces el mal menor como el mejor camino de entre todos los
posibles. Para mí esto es un error. Los represores se escaparon sin recibir su
escarmiento, sin sufrir la repulsa y discriminación social. Las víctimas de la
dictadura no recibieron recompensa alguna, padecieron el olvido, la doble
discriminación. Hasta hoy. Una vergüenza nacional. Una vergüenza más. Y ya son
demasiadas.
Para
mí la valoración que se hace de la Transición está basada más en un mito, en un
prejuicio, en un deseo o anhelo que en la realidad. De hecho, desde hace varios
lustros estamos sufriendo las consecuencias de la típica tibieza española a la
hora de encarar los problemas que nos aquejan como conjunto.
El documental
resume con un descarado dogmatismo este proceso. Alaba tanto a Suárez como a
Juan Carlos de Borbón. Nos explica que se llegó a la democracia sin salirse de
las leyes franquistas. Todo fue progresivo; me pregunto si improvisado. Me
cuestiono si este proceso hubiera sido posible en un país con una población más
activa y comprometida desde el punto de vista político.
En
el plano más relacionado con los medios de comunicación, el documental realza
el valor y la utilidad que tuvo la televisión para sembrar en las mentes de los
telespectadores los valores de la Transición. La prensa y la radio también
fueron fundamentales para reconvertir a millones de españoles adoctrinados en
una dictadura y que apreciaran y respetaran la democracia. ¿Se consiguió?: parece
que no del todo. El 23 de febrero de 1981 los nostálgicos de la ley y el orden
intentaron secuestrar de nuevo la libertad, lo único que hace que los hombres
(personas) sean considerados como tal.
Mi bisabuela me enseñó que la Democracia llegó en el 82
cuando el pueblo empezó a respirar la libertad, la igualdad y la fraternidad.
Cuando la población votó sin miedo. Cuando el Estado se descentralizó, cuando
se empezó a redistribuir la riqueza, cuando en definitiva, se aprovechó la
infraestructura legal orquestada por Suárez para gobernar para el pueblo.
Adolfo Suárez puso los primeros cimientos de nuestra democracia, pero solo con
Felipe González el edificio (Democracia) vio la luz.
¿Que
soy muy dogmático y partidista?: el documental también lo es. ¿Que está muy de
moda renegar del “régimen del 78”?: pues sí. ¿Que es necesario un nuevo proceso
constituyente?: estoy absolutamente convencido. ¿Que hemos perdido la
oportunidad de llevar a cabo un verdadero proceso de justicia social?: sí, sin
matices.
La sociedad
española es lo suficientemente madura para saber que la Transición está
superada, la democracia asentada y las viejas rencillas olvidadas. La
inestabilidad política que se respira no va a hacer que nos matemos unos a
otros. Por suerte, aunque ‘borreguiles’, no somos estúpidos y considero que
hemos aprendido de los errores del pasado.
Es
el momento de superar los miedos, de mirarnos los unos a los otros y construir
un nuevo país asentado en una nueva Constitución. Conservar lo viejo que sea
útil y desechar, sin remordimientos, todo lo arcaico que aún impregna el
sistema político de nuestro país.
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